
Hubo mucho tiempo en el que esforzarme no se sentía como algo valioso, sino como algo esperado.
No importaba cuánto hiciera, siempre parecía insuficiente o mal interpretado.
Gran parte de eso vino de cómo se leía mi forma de reaccionar al mundo.
Si algo me dolía, no era dolor: era exageración.
Si un ruido me saturaba, no era sobrecarga: era quejarme.
Si una textura me incomodaba, no era una reacción sensorial real: era “ponerme especial”.
“Siempre te quejas de algo.”
Esa frase no hablaba de mí, hablaba de la incapacidad de otros para escuchar sin juzgar.Porque no me estaba quejando: Estaba informando.
Mi cuerpo hablaba, yo traducía y eso se veía como negatividad.
También estaba la otra etiqueta:
No desde el pesimismo, sino desde la lógica pensar escenarios. No era dramatizar, era intentar sostener el control en un mundo que constantemente me desbordaba.
“Siempre ves lo malo.”
Cuando en realidad yo veía posibilidades, riesgos, variables.No desde el pesimismo, sino desde la lógica pensar escenarios. No era dramatizar, era intentar sostener el control en un mundo que constantemente me desbordaba.
Pero todo eso se resumía en una sola lectura externa:
“Eres demasiado.”
Y cuando te dicen eso suficientes veces, empiezas a hacer algo peligroso:
te encoges.
Incluso cuando el cuerpo ya estaba cargando emociones viejas, tensión acumulada y una vigilancia constante de mí mismo.
“Eres demasiado.”
Demasiado sensible.
Demasiado intenso.
Demasiado complicado.
Y cuando te dicen eso suficientes veces, empiezas a hacer algo peligroso:te encoges.
- Aprendí a minimizar mis reacciones.
- A dudar de mi propio dolor.
- A preguntarme si de verdad “era para tanto”.
Incluso cuando el cuerpo ya estaba cargando emociones viejas, tensión acumulada y una vigilancia constante de mí mismo.
El esfuerzo no era solo hacer.
Era aguantar.
Aguantar estímulos.
Aguantar comentarios.
Aguantar la sensación de estar fallando
aunque nadie pudiera explicar exactamente en qué.
Y eso no se veía.No se contaba.
No se reconocía.
Así nació la idea de que mi esfuerzo no valía lo mismo.
Que si me costaba más, era porque yo estaba mal.
Que si algo me agotaba, era porque era débil.
Nunca porque el sistema no estaba hecho para mí.
Hoy empiezo a entender algo distinto:Que si reaccionaba fuerte era porque sentía fuerte.
Que si señalaba problemas era porque pensaba en profundidad.
Que si me cansaba era porque estaba sosteniendo demasiado tiempo un mundo que no se ajustaba a mi cuerpo.
Mi esfuerzo siempre contó.
Y ahora, aprender a reconocerlo yo es parte de reparar lo que durante años me hicieron creer que no existía.
.jpg)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario