julio 10, 2026

El tótem del amor no prometía que el mundo te quisiera

Hay películas que uno vuelve a ver porque son buenas y luego están esas que regresan solas cuando la vida cambia.
Tierra de osos fue una de las películas que más vi durante mi infancia, cuando era niño me conmovían las pérdidas, la muerte de Sitka, la culpa de Kenai, el viaje y la despedida. Siempre terminaba con esa sensación extraña que dejan algunas historias: no era exactamente un final feliz, pero tampoco era un final triste. 
Era más parecido a una mano sobre el hombro diciendo: vas a estar bien.

Muchos años después volví a pensar en ella casi por accidente y me di cuenta de que nunca había entendido realmente el significado del tótem del amor. Porque resulta curioso que el personaje que recibe el tótem del amor no sea recompensado con una vida más sencilla.

Todo lo contrario.

Pierde a su hermano, el cuerpo que conocía, la manera en la que podía comunicarse con el mundo, el lugar que ocupaba entre los suyos.

Despierta convertido en aquello que siempre había visto como un enemigo y de repente, el mundo deja de entenderlo.

Los humanos lo persiguen, los animales ahora pueden hablar con él.

Todo cambió
Menos él

Kenai sigue siendo la misma persona, pero basta un cuerpo distinto para que el resto del mundo deje de verlo de la misma manera.
No pude evitar pensar en eso durante días, porque, salvando todas las distancias posibles, yo también desperté una mañana sintiéndome como un oso.

No porque hubiera cambiado de un día para otro, sino porque decidí dejar de fingir.

Cuando somos niños nos enseñan que el amor siempre encuentra el camino
Que el amor todo lo puede
Que el amor une familias vence cualquier obstáculo

Es una idea hermosa

Hasta que descubres que muchas veces el amor viene acompañado de condiciones.

"Te quiero, pero..."
"Te apoyo, pero..."
"Te acepto, pero..."


Es curioso cómo una sola palabra puede cambiar el peso de toda una frase, el "pero" tiene una habilidad casi mágica para convertir una declaración de cariño en un contrato y cuando eres una persona trans empiezas a encontrarte con muchos de esos contratos invisibles.

Hay personas que te ''quieren''...
...si no cambias tu nombre
...si no cambias tu cuerpo
...si no corriges cuando usan el pronombre equivocado
...si no haces sentir incómodos a los demás
...si sigues siendo la versión de ti que ellos aprendieron a querer
Entonces el amor empieza a sentirse como una puerta automática, algunas puertas dejan de abrirse en cuanto dices una sola palabra.

Trans


Y ahí fue cuando el tótem del amor comenzó a parecerme una broma, porque si ese era mi tótem...
¿Dónde estaba exactamente el amor?
No voy a mentir, desde que inicié mi transición he perdido cosas
  • He perdido oportunidades laborales
  • Me han negado algo tan absurdo como entrar a un probador
  • He visto cambiar la expresión de personas que apenas unos segundos antes parecían cómodas conmigo
  • He sentido cómo algunas relaciones se rompían sin necesidad de una pelea
Simplemente dejaron de existir

Hay un tipo de silencio que duele más que una discusión, es el silencio de quien decide alejarse porque ya no sabe dónde acomodarte dentro de la idea que tenía de ti.

Y luego está la familia, esa parte siempre pesa distinto porque uno puede aceptar que un desconocido tenga prejuicios. Lo que cuesta aceptar es que quienes te vieron crecer sigan aferrándose a una versión de ti que ya no existe.

En mi caso hay algo que probablemente nunca cambie, siempre seré "La hija de mi padre" para algunas personas.
No importa cuánto tiempo pase
No importa cuántos documentos cambien
No importa cuánto cambie mi voz

Hay historias que otros escriben sobre nosotros y jamás aceptan corregir y llega un punto donde uno simplemente se cansa, no de ser quien es, sino de tener que explicarlo una y otra vez

Pero hay otra pérdida de la que casi nunca hablo, porque no todas las personas se alejaron de mí
Yo también empecé a alejarme, no fue una decisión consciente... Fue algo mucho más silencioso.

Comencé a medir cada conversación antes de que ocurriera, cada persona nueva se convirtió en una serie de preguntas que aparecían antes incluso de decir "hola".
¿Será seguro?
¿Valdrá la pena explicarlo?
¿Y si cambia su expresión cuando escuche mi nombre?
¿Y si deja de hablarme?
Con el tiempo descubrí que el miedo también puede convertirse en un hábito, mis amistades comenzaron a existir casi por completo detrás de una pantalla.
No porque no quisiera salir o no disfrutara conocer gente, sino porque ahí nadie dudaba unos segundos al escuchar mi voz.

Nadie tenía que decidir qué pronombre usar al verme por primera vez
Nadie hacía esa pausa incómoda entre lo que veía y lo que creía que debía decir

Pensar en conocer personas nuevas todavía me parece emocionante hasta que llega el momento de presentarme porque entonces aparece esa pausa.
Ese segundo donde tengo que decidir quién voy a ser frente a alguien que todavía no me conoce y ocurre algo que me rompe un poco cada vez.

Amo mi nombre, yo mismo lo elegí

Demian

Me costó años llegar hasta él, es el nombre con el que por fin pude reconocerme. Sin embargo, muchas veces termino presentándome como Artemis y también amo ese nombre porque tiene un significado profundo que tal vez nunca explique.

Pero, si soy completamente honesto, muchas veces no lo elijo por cariño, lo hago porque suena más suave, más acorde, más aceptable
Todavía me cuesta corregir cuando alguien se refiere a mí como una mujer, hay días en los que dejo pasar el momento porque estoy demasiado cansado para explicar quién soy una vez más y eso duele.

No porque dude de mí

Sino porque, durante unos segundos, vuelvo a negociar mi propia existencia para hacer más cómoda la conversación de otra persona. Es extraño descubrir que incluso después de tanto camino recorrido todavía existe una parte de mí que intenta hacerse más pequeña antes de que alguien más lo haga.

A veces me pregunto cómo sería entrar a un lugar, decir con tranquilidad:
"Hola, soy Demian."
Y que eso fuera suficiente, sin tensión, sin preguntas, sin esa necesidad constante de calcular el riesgo antes de pronunciar mi propio nombre.

Porque, en el fondo, sigo soñando con algo muy sencillo...
Poder seguir usando Demian y Artemis.
No porque uno esconda al otro, sino porque ambos forman parte de mi historia y poder decir cualquiera de los dos sin sentir que debo reducirme para que el mundo tenga menos problemas conmigo.

Existe otra parte de la transición de la que casi no se habla

La mayoría imagina que transicionar consiste en empezar a vivir como hombre o como mujer, pero antes de eso hay algo mucho más extraño... Hay que desaprender 
  • Desaprender gestos
  • Desaprender la manera en que ocupabas espacio
  • La forma en que sonreías
  • La forma en que hablabas
  • La manera en que cruzabas las piernas
  • La forma en que caminabas por una calle 
Hay hábitos que nunca fueron tuyos, sólo eran mecanismos de supervivencia y distinguir unos de otros toma años. A veces me pregunto cuántas cosas hacía porque realmente me gustaban y cuántas hacía porque llevaba demasiado tiempo interpretando un papel.

Es agotador

Porque no estás construyendo una persona nueva, estás excavando. Como quien limpia una estatua cubierta de tierra con la esperanza de descubrir qué había debajo todo este tiempo.
Mientras escribía todo esto entendí algo que la película había intentado decirme desde hace años:
Tal vez el tótem del amor nunca prometía que el mundo te quisiera más, tal vez prometía otra cosa.

Aprender a amar incluso cuando el mundo deja de reconocerte.

Porque eso es exactamente lo que hace Kenai.
No recibe amor, lo aprende. Aprende a cuidar, a escuchar, a comprender aquello que antes juzgaba desde lejos y quizá esa sea la lección más difícil de todas.

Seguir ofreciendo humanidad cuando el mundo empieza a tratarte como si la hubieras perdido.

A veces pienso en lo fácil que habría sido otra vida

Pude haber seguido fingiendo, haber vivido como una mujer cisgénero... Quizá incluso habría tenido una vida más sencilla.
  • Menos explicaciones
  • Menos miedo al caminar por ciertas calles
  • Menos incertidumbre al buscar trabajo
  • Menos conversaciones incómodas
  • Menos posibilidades de convertirme en noticia por el simple hecho de existir
Es un pensamiento que aparece de vez en cuando y siempre termina igual.
No porque la transición haya solucionado todos mis problemas.

No lo hizo

De hecho creó otros nuevos, pero hizo desaparecer uno que estaba destruyendo todo lo demás:

La guerra que tenía conmigo mismo

Hoy vivo con más preguntas que antes
Con más miedo que antes
Con más cansancio que antes
Pero también vivo con una calma que nunca había conocido...

Es una calma pequeña que no hace ruido, no aparece en las fotografías, no se nota cuando entro a una habitación.
Pero está ahí.

Está en escuchar mi nombre y reconocerlo
En verme al espejo y no sentir que estoy observando a un extraño
En descubrir que ya no paso cada día interpretando a alguien que nunca fui y quizá esa calma sea, después de todo, el verdadero significado del tótem del amor.

Porque tal vez el amor nunca consistió en conseguir que los demás nos eligieran, tal vez consistía en dejar de abandonarnos a nosotros mismos.

Durante muchos años hice exactamente eso:
Me escondí para conservar el cariño de otros
Me adapté para no incomodar
Intenté convertirme en alguien más fácil de querer y aprendí demasiado tarde que el amor que exige desaparecer nunca fue amor

Hoy sigo caminando, todavía hay días difíciles, miedo, pérdidas.

Pero si pudiera volver atrás y elegir entre una vida más sencilla o una vida más verdadera...

Elegiría esta una y otra vez

Porque si hubiese seguido fingiendo, no creo que hoy estuviera aquí para escribir estas palabras, la transición me quitó muchas cosas pero también me devolvió una que jamás había conocido.

La calma

Y cuando vuelvo a ver tierra de osos, ya no creo que el tótem del amor fuera una promesa de que el mundo aprendería a quererme.

Creo que era una invitación mucho más difícil:

Aprender a no volver a abandonarme nunca más, porque cuando me miro al espejo, ya no estoy buscando a alguien.
Por fin sé quién me devuelve la mirada.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario