enero 12, 2026

La etiqueta no me define, pero me orienta



Para algunas personas, una etiqueta es una carga.

Algo que encasilla, que limita, que reduce.
Para mí, una etiqueta es un mapa.
El diagnóstico no me convirtió en alguien distinto, le dio nombre al cúmulo de cosas que cargué durante años con tristeza, molestia y vergüenza.

No me volví “solo autista”, dejé de verme como alguien defectuoso sin explicación.

No uso el diagnóstico como presentación.
No voy por la vida anunciándolo.
No es lo primero que digo ni lo único que soy.
Soy persona.
Y además, soy autista.
Una cosa no cancela la otra.


“Tener” o “ser”

He pensado mucho en el lenguaje.
En eso de decir “tener autismo”, y no… No es algo que tengo.
No es gripe.
No llegó un día.
No se va a ir otro.
Es una forma de procesar el mundo, sentirlo e interpretarlo.
Así he sido siempre, incluso cuando no lo sabía.

Decir “soy autista” no me reduce, me describe con honestidad.


El orden como alivio, no como obsesión

Escribo esto no porque todo en mi vida gire en torno al TEA.
Sino porque mucho de mi dolor sí giró en torno a no saberlo.
Ponerle nombre a lo que me pasaba no me encerró, me dio aire.
No me quitó complejidad, me devolvió coherencia.

No todo lo que soy cabe en una palabra.
Pero esa palabra me ayudó a dejar de pelear conmigo y este blog existe por eso.

Porque necesito ordenar para respirar.
Porque cuando entiendo, el ruido baja.
Porque clasificar no me aleja de lo humano: me permite quedarme.

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