enero 08, 2026

Cuando entender no calma (todavía)


Entender no llegó como alivio inmediato, llegó como una linterna encendida en una habitación llena de recuerdos.

De pronto, muchas cosas comenzaron a cuadrar y eso no siempre calma.

Hubo comportamientos que, al mirarlos de nuevo, dejaron de sentirse aislados.
  • Practicar expresiones faciales frente al espejo.
  • Aprender a sonreír “bien”.
  • Observar cómo reaccionaban otros niños
  • y copiarlo.
Durante mucho tiempo pensé que eso era normal y que todos lo hacíamos.

 ¿Qué no todos ensayan cómo verse naturales?


En preescolar ya estaba tomando referencias, no porque quisiera engañar, sino porque sabía (Sin palabras) que algo en mí funcionaba distinto.

Desde muy pequeño supe que era diferente y no sabía por qué.
Solo sabía que no encajaba del todo y ahí apareció una palabra que me acompañó demasiado tiempo:
“Raro.”
Una palabra que no siempre era insulto, pero tampoco era neutral.
No quería ser raro pero tampoco sabía cómo no serlo.

Las hiperfijaciones también empezaron a tomar forma.
Siempre estuvieron ahí y solo aprendí a modularlas. Elegir intereses “aceptables” y bajar la intensidad.
  • Hablar menos.
  • Mostrar solo una parte.
  • No dejar de ser yo, pero tampoco ser demasiado.
Con el tiempo, eso se convirtió en otra etiqueta:
“Intenso.”
No intenso como pasión.
Intenso como exceso.
Como algo que debía controlarse.

Hubo algo todavía más incomodó de reconocer.
  • Reírme.
  • Bromear.
  • Sumarme a burlas sobre el autismo en general.
No porque creyera en ellas, sino porque encajaban demasiado.
Era más seguro reírse que preguntarse por qué dolía.
Más fácil decir “eso no soy yo” que aceptar lo cerca que estaba.

Durante mucho tiempo, me convencí de no ser autista mirando el estereotipo.
Las redes sociales ayudaron poco.
Había una imagen muy concreta: Infantilizada, rígida, caricaturizada. (No digo que esté mal, el espectro es demasiado amplio para ir invalidando por la vida) Y como yo no encajaba ahí, el razonamiento fue simple:
Entonces no soy.

  • Me burlé de la idea del autodiagnóstico.
  • Me alejé.
  • La descarté.

Hasta que dejó de ser teoría.


Cuando el diagnóstico llegó, no fue un descubrimiento repentino.
Fue la confirmación de algo que había estado orbitando toda la vida y entender eso no calmó de inmediato.
Porque cada cosa que cuadraba también dolía.
No por lo que era, sino por cuánto tiempo tardé en verlo.

Entender no siempre trae paz.
  • A veces trae duelo.
  • Vergüenza retrospectiva.
  • Preguntas sin respuesta rápida.
Pero también trae algo importante: Dejar de pelear contra uno mismo por cosas que nunca fueron fallas.
Todavía no calma del todo, pero por primera vezempieza a tener sentido.


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