
A lo largo de mi vida, pedir no cambiaba nada.
Así que aprendí a dar.
A dar antes de que me pidieran.
A dar para que no hubiera tensión.
A dar para que no hubiera distancia.
Aprendí que el silencio era más seguro que la exigencia.
Ahora amo igual.
No porque quiera desaparecerme, sino porque es la forma que conozco de no perder.
Me conformo con lo mínimo y doy todo de mí.
Porque expresarme no siempre me parece suficiente.
Entonces hago más.
Más detalles.
Más presencia.
Más sí.
Más de lo que me piden.
Más de lo que puedo sostener.
A veces amo tanto que dejo de preguntarme si también me están amando.
Y luego me asusto de lo que soy capaz de dar.
Me acerco tanto que pierdo el aire.
O me alejo tanto que me pierdo a mí.
Y cuando alguien me pide más, incluso cuando siento que ya estoy dando todo…
algo dentro de mí susurra:
No escucho la petición como cercanía.
La escucho como fallo.
algo dentro de mí susurra:
“No es suficiente.”
No escucho la petición como cercanía.
La escucho como fallo.
Y es curioso, porque estoy enamorado del amor.
Me gusta leerlo.
Escucharlo.
Verlo en historias donde todo es intenso y absoluto.
Amo el amor.
Digo “te amo” con facilidad.
Digo “lo amo”, “amo eso”, “amo esto”.
Me gusta leerlo.
Escucharlo.
Verlo en historias donde todo es intenso y absoluto.
Me gusta la idea de alguien que ama sin medida.
Amo el amor.
Digo “te amo” con facilidad.
Digo “lo amo”, “amo eso”, “amo esto”.
Podría decir “me gusta”.
Podría decir “te quiero”.
Podría decir “te quiero”.
Pero “amo” se volvió mi palabra para la intensidad.
Y cuando alguien me importa, sus intereses se convierten en ideas de regalos.
Sus temas de conversación en datos que guardo.
Sus expresiones en algo que quiero entender mejor.
Porque yo siento mucho.Todo el tiempo.
Y cuando alguien me importa, sus intereses se convierten en ideas de regalos.
Sus temas de conversación en datos que guardo.
Sus expresiones en algo que quiero entender mejor.
Me vuelvo esponja.
Absorbo.
Me empapo.
Me lleno.
Y luego me pregunto si sigo siendo yo
o solo lo que logré retener.
Absorbo.
Me empapo.
Me lleno.
Y luego me pregunto si sigo siendo yo
o solo lo que logré retener.
Lo curioso es que cuando esa persona se va, vuelvo a lo que era antes.
Como si nada hubiera cambiado realmente.
Como si mi intensidad fuera una habitación a la que entro pero en la que no me quedo a vivir.
Entonces no sé si me pierdo o solo me sintonizo demasiado.
Y si no me lo dan, ya no podría fingir que estoy siendo amado.
Como si nada hubiera cambiado realmente.
Como si mi intensidad fuera una habitación a la que entro pero en la que no me quedo a vivir.
Entonces no sé si me pierdo o solo me sintonizo demasiado.
Amo el amor.
Amo la idea.
Amo la intensidad.
Pero tal vez no me conformo con lo mínimo porque sea suficiente.
Tal vez me conformo porque exigir más implicaría aceptar que quizá no me lo van a dar.Y si no me lo dan, ya no podría fingir que estoy siendo amado.
Love, love, love… ¿Love?
¿O solo el miedo a descubrir que cuando dejo de darlo todo… no me eligen?
Me gusto mucho, me llego al corazón porque amo amar, y también tengo miedo a que su interés se pierda por mi, por eso soy intensa en el amor.
ResponderBorrarperder el interés de alguien a quien amas es un terror, ser quien da todo es hermoso, pero el miedo a no ser elegido se vuelve un miedo, la intensidad no debería ser un autocastigo
ResponderBorrarNo debería, estoy de acuerdo. Supongo que el contexto social de cada persona influye bastante en su percepción sobre lo que es "intensidad"
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