Antes de empezar, quiero dejar algo claro:
Esto es muy personal.
No está escrito desde la distancia suficiente como para fingir que todo lo que hay aquí se convirtió en una anécdota cómoda, pero tampoco está escrito para hacer del dolor un espectáculo. Son recuerdos, fragmentos de notas antiguas y la forma en que hoy intento comprender una parte bastante larga de mi propia vida.
Hay temas delicados entre estas páginas.
No voy a pedirte que los atravieses conmigo de principio a fin solo porque decidiste comenzar a leer.
Puedes detenerte; puedes saltarte una parte; puedes cerrar esto y volver otro día... o puedes decidir que no quieres continuar en absoluto.
No hay premio por leer las cuarenta y tantas páginas de una sentada, además de probablemente necesitar agua y estirar la espalda.
Esta historia ya ocurrió; no necesito que nadie la soporte por mí... así que léela únicamente hasta donde tú quieras.
Lo único que pido, si decides quedarte, es que recuerdes que cada versión de mí que aparece aquí estaba haciendo lo que podía con aquello que tenía en ese momento. Algunas páginas fueron escritas mientras todavía intentaba entender qué me estaba pasando; otras las escribo ahora, con palabras que entonces no tenía. Entre ambas hay años... y una persona que siguió estando aquí para contarlos.
El tiempo seguirá pasando
Capítulo 1
Antes de que existieran las notas
Antes de que existieran las notas
Durante años pensé que esta historia comenzaba el 7 de mayo de 2018. Es una fecha fácil de señalar: está escrita, tiene hora exacta; puedo abrir un documento y encontrar a un adolescente de quince años escribiendo que sus pensamientos lo consumían lentamente, preguntándose si alguien realmente quería quedarse a su lado y admitiendo que escribir era uno de los pocos lugares donde podía decir cosas que, probablemente, jamás saldrían de su boca.
Es cómodo tener una fecha; hace que todo parezca tener un principio bien delimitado. Pero no es cierto... El documento empieza en 2018; yo no.
Para cuando escribí aquellas primeras notas ya llevaba años aprendiendo a desaparecer sin irme del todo. Tenía doce cuando las cosas comenzaron a torcerse de una manera que ya no podía disimular ni entender; estaba comenzando la secundaria y todavía no tenía palabras suficientes para explicar qué me estaba pasando. No sabía hablar de vacío emocional, de una necesidad desesperada de afecto, de aislamiento, de una relación cada vez más extraña con la comida o de la sensación de no reconocerme completamente dentro de mi propia vida.
Sabía otras cosas, claro... Sabía que me sentía mal; sabía que quería que alguien me quisiera; sabía que había días en los que estar dentro de mi propia cabeza resultaba sencillamente insoportable. Y aprendí muy pronto que podía llevar parte de ese dolor al cuerpo. No quiero describir cómo; no necesito hacerlo. Durante años pensé que para hablar con honestidad sobre las autolesiones tenía que mostrar las heridas con palabras, casi como si el sufrimiento necesitara presentar evidencia gráfica para que alguien creyera que realmente ocurrió. Ya no pienso así; lo importante no es cómo me lastimaba, lo importante es que tenía doce años y ya sentía la necesidad de hacerlo.
Y había señales... muchas. Esta parte de mi historia siempre estuvo acompañada por una rabia enorme hacia los adultos. Durante mi adolescencia, esa rabia llegó a ocupar tanto espacio que afectó incluso mi propia percepción sobre crecer: ser adulto no me parecía algo especialmente admirable cuando buena parte de mi experiencia con ellos había consistido en preguntarme por qué ninguno parecía saber qué hacer conmigo.
Yo sentía que había gritado, no necesariamente con palabras, pero sí gritado faltando a clases, aislándome, dejando de comer correctamente, lastimándome, dejando de participar... sentándome al fondo del salón hasta convertirme prácticamente en parte del mobiliario. Hubo profesores que simplemente dejaron de insistir en que me integrara; si estaba al final de la fila y no causaba problemas, parecía suficiente. Yo podía pasar horas rodeado de compañeros y sentirme completamente fuera de ese lugar.
Uno de mis profesores —el de biología— sí habló con mi papá. Lo recuerdo con precisión porque, durante mucho tiempo, fue una de las pocas excepciones que podía encontrar cuando mi cabeza adolescente repetía que ningún adulto había hecho nada: alguien vio algo, alguien dijo algo... pero eso tampoco solucionó lo que estaba ocurriendo.
Cuando mis autolesiones dejaron de ser fáciles de ignorar, una de las respuestas fue prohibirme usar mangas largas. La lógica parecía sencilla: si no podía esconder las marcas, me daría vergüenza que las personas las vieran y dejaría de hacerlo. No funcionó... me dio vergüenza, me dio ansiedad, y únicamente aprendí a esconderme mejor.
Creo que durante años cargué especialmente con esa parte; no solamente con haberme hecho daño, sino con haber aprendido tan joven que, a veces, cuando un adulto descubre una conducta preocupante, su primera reacción puede ser intentar eliminar aquello que puede ver: la señal, la evidencia, lo incómodo. Yo seguía ahí debajo, seguía sintiéndome igual... solo que ahora tenía más miedo de que me descubrieran.
Días después de cumplir trece años intenté quitarme la vida. Estaba a nada de terminar mi primer año de secundaria, aunque no lo terminé realmente: dejé de asistir y aprobé con calificaciones mínimas. Durante mucho tiempo pensé que algunos profesores simplemente tuvieron compasión; no sé qué conversaciones ocurrieron cuando yo ya no estaba en el salón y tampoco quiero inventarlas ahora. Lo único que sé es que desaparecí antes de que terminara el ciclo.
Años después conseguí volver a hablar con personas que habían estudiado conmigo en aquella época, y fue extraño descubrir que algunas sí habían notado cosas: recordaban el aislamiento, recordaban cambios, señales que yo creía que habían pasado completamente desapercibidas. Y varias versiones coincidían en algo que todavía me resulta difícil de acomodar dentro de la cabeza: ese día me recuerdan feliz.
No sé exactamente qué vieron. No voy a convertir ese recuerdo en una explicación universal sobre cómo se comporta alguien antes de intentar suicidarse; las personas no funcionan así y yo tampoco funcionaba así. Solo sé que, según quienes estuvieron conmigo, ese día parecía estar bien... y después intenté morir.
Durante años eso alimentó todavía más mi rabia: ¿cómo podía haber tantas señales y, al mismo tiempo, pasar desapercibido?; ¿cómo podía un niño estar deteriorándose frente a tantas personas y seguir siendo solamente el chico callado del fondo?; ¿cómo podía llegar tan lejos? Mi yo adolescente tenía una respuesta sencilla: los adultos fallaron. Y estuvo enojado con ellos durante muchísimo tiempo; con profesores, con familiares, con profesionales... con cualquiera que, desde su perspectiva, hubiera tenido más edad, más herramientas, más autoridad o más capacidad para intervenir.
También estaba enojado porque sentía que había hecho lo que siempre se dice que una persona en sufrimiento debe hacer: había dado señales, había cambiado, había dejado de funcionar, había dejado de esconder algunas cosas... había gritado sin saber gritar. Y aun así, sentía que tenía que destruirme casi por completo antes de que alguien entendiera que aquello no era una etapa, ni rebeldía, ni exageración, ni una búsqueda superficial de atención.
Hoy puedo mirar esa época con más matices; puedo reconocer que muchos adultos probablemente tampoco sabían qué estaban viendo, que algunos intentaron ayudar con las herramientas que tenían a mano, y que hubo decisiones nacidas del miedo, de la ignorancia o de la desesperación, no necesariamente de la crueldad. Puedo entenderlo... pero entenderlo ahora no obliga al niño que fui a dejar de estar enojado, porque él tenía doce, después trece, y desde donde estaba parado la conclusión era mucho más simple: yo estaba pidiendo ayuda y nadie parecía escuchar el idioma en el que sabía pedirla.
Así empezó. No el 7 de mayo de 2018, sino mucho antes de que existiera el documento; mucho antes de que aprendiera a ponerle fecha y hora a mis pensamientos. Antes de poder explicar por qué me dolía vivir, ya estaba buscando maneras de soportarlo... y todavía faltaban años para que entendiera cuánto iba a costarme desaprenderlas.
Capítulo 2
Crecer no hizo que desapareciera
Crecer no hizo que desapareciera
No volví a terminar ese año escolar de la manera en que se supone que un niño debe terminarlo: no hubo una última semana normal, no hubo despedidas, ni recuerdo haber sentido que cerraba una etapa... simplemente dejé de estar ahí.
Después de intentar quitarme la vida, regresar al salón como si nada hubiera ocurrido dejó de ser una posibilidad. Aprobé con las calificaciones suficientes para pasar al siguiente grado y durante mucho tiempo asumí que algunos profesores habían decidido dejarme avanzar por mera compasión; no sé si fue así. A estas alturas hay muchas partes de aquellos años que solamente puedo reconstruir desde mi lado de la historia: sé lo que sentía, sé lo que hacía, sé lo que recuerdo... lo que sucedía detrás de las puertas cerradas de los adultos pertenece a otra historia.
Y durante mucho tiempo eso me enfureció, porque yo no quería imaginar conversaciones; quería respuestas. Quería saber en qué momento alguien debía haber detenido todo aquello; quién debía haber visto suficiente; quién debía haber entendido; quién era el adulto responsable de mirar a un niño que se estaba deteriorando y decir con firmeza: esto ya no puede continuar así.
Mi adolescencia estuvo llena de esa pregunta. Nunca encontré una sola persona a quien entregarle toda la culpa y eso, curiosamente, me enfurecía todavía más; habría sido mucho más sencillo tener un culpable, un momento, una decisión equivocada... algo que pudiera señalar con el dedo y decir: «ahí empezó todo». Pero las cosas rara vez se rompen de una forma tan limpia.
Pasé a segundo de secundaria y también cambié de escuela. Supongo que una parte de mí esperaba que eso funcionara como tantas veces imaginamos que funcionan los nuevos comienzos: nuevo salón, nuevos compañeros, nuevos profesores... otra oportunidad para ser alguien distinto. No funcionó de esa manera, porque yo también fui conmigo; la escuela cambió, pero el vacío no.
Las autolesiones continuaron durante segundo y tercero de secundaria; solo había aprendido algo importante desde primero: esconderlas mejor. Ese aprendizaje me acompañaría durante años... no dejar de hacerlo, sino evitar que lo vieran; no dejar de sentir, sino aprender a parecer bien. Hay una diferencia enorme entre recuperarse y volverse bueno ocultando que uno sigue enfermo; durante mucho tiempo confundí ambas cosas, y a veces los demás también. Podía hablar, reír, enamorarme, hacer planes o tener días genuinamente buenos... nada de eso significaba que lo demás hubiera desaparecido.
Creo que una de las cosas que más me costó comprender al mirar mi adolescencia desde la distancia fue precisamente esa contradicción: yo podía querer vivir por la mañana y desear desaparecer por la noche; podía sentirme querido y, unas horas después, estar convencido de que nadie podría quererme realmente; podía imaginar un futuro con alguien y, al mismo tiempo, no imaginar un futuro para mí. No estaba mintiendo en ninguno de esos momentos; ambos eran reales.
Durante esos años también empecé a aferrarme mucho a las relaciones. No quiero reducir cada vínculo adolescente a una simple consecuencia de mis problemas: algunas personas me gustaron, a algunas las quise genuinamente; hubo cariño, descubrimiento, emoción y todas las estupideces perfectamente normales que acompañan enamorarse cuando todavía eres demasiado joven para saber qué demonios estás haciendo... pero también había hambre, una enorme. Quería sentirme querido, necesitaba sentirme querido, y hay una diferencia entre ambas cosas que tardé años en reconocer.
Cuando creces sintiendo un hueco dentro, el afecto puede convertirse rápidamente en una forma de comprobar que existes: si alguien me quería, entonces quizá yo tenía algo que valía la pena querer; si alguien quería quedarse, tal vez no era tan insoportable como pensaba; si alguien me necesitaba, entonces yo tenía una razón, una utilidad, un lugar... Y cuando esa persona se iba, no solamente terminaba una relación, sino que también se tambaleaba toda la estructura que yo había construido sobre ella. No sabía estar solo, porque estar solo significaba quedarme conmigo... y durante aquellos años yo no era precisamente una persona con la que quisiera pasar demasiado tiempo.
También estaba intentando comprender quién era: mi sexualidad, mi identidad, mi cuerpo, la forma en que quería que los demás me vieran y la forma en que yo mismo quería verme... todo estaba ocurriendo al mismo tiempo. Eso es algo que ahora resulta casi gracioso por lo absurdo que suena: un adolescente intentando resolver depresión, ansiedad, autolesiones, problemas con la comida, abandono, relaciones, sexualidad e identidad mientras probablemente también tenía tarea pendiente para el día siguiente. Excelente distribución de recursos, diez de diez; mi cerebro claramente tenía un maravilloso departamento de administración.
Pero en aquel momento no era gracioso; era confuso. Había aspectos de mí que no sabía nombrar todavía, otros que comenzaba a reconocer pero no sabía cómo expresar, y otros que intentaba probar, descartar, esconder o reconstruir según la respuesta de las personas que tenía alrededor. Ser querido y ser visto comenzaron a mezclarse demasiado; a veces pensaba que para recibir una cosa necesitaba sacrificar la otra: podía permitir que alguien quisiera una versión de mí que no terminaba de reconocer, o podía intentar mostrarme y arriesgarme a descubrir que esa persona quizá no quisiera quedarse. Durante años esa elección me pareció aterradora.
Así que hice algo que después perfeccionaría demasiado bien: creé versiones... versiones más fáciles, versiones más agradables, versiones que podían adaptarse a la persona que tenía enfrente. No siempre era consciente de que lo estaba haciendo; a veces simplemente ocurría: aprendía qué esperaba alguien de mí y trataba de convertirme en eso. El problema de construir demasiadas versiones de uno mismo es que eventualmente llega una pregunta bastante incómoda: ¿cuál de todas soy yo? No tenía una respuesta, todavía estaba intentando descubrirla... y mientras lo hacía, seguía creciendo.
Eso también me molestaba. El tiempo avanzaba independientemente de si yo estaba preparado: cumplía años, pasaba de grado, mi cuerpo cambiaba, las expectativas aumentaban... la palabra «adulto» comenzaba lentamente a acercarse y yo sentía una resistencia enorme hacia ella. Durante mucho tiempo no quise crecer, no de la manera romántica en la que un niño dice que quiere quedarse pequeño para seguir jugando; yo estaba enojado con la adultez. Los adultos representaban autoridad, control, decisiones tomadas sobre mí y, sobre todo, una pregunta que había quedado incrustada desde aquel primer año de secundaria: ¿dónde estaban?
No tenía entonces los matices que tengo ahora; no pensaba que quizá estaban asustados, que no tenían información, que algunos intentaron intervenir y se equivocaron, o que determinadas respuestas podían haber nacido de una preocupación genuina aunque terminaran haciéndome daño. Yo era un adolescente y mi análisis era bastante menos diplomático: yo había sufrido, los adultos debían saber qué hacer, no lo hicieron... fin del argumento; así de sencillo.
Esa rabia afectó durante años la percepción de mi propio crecimiento. Convertirme en adulto significaba acercarme al mismo grupo de personas contra el que estaba resentido, y yo no quería parecerme a ellos; no quería convertirme en alguien capaz de ver a un niño gritando de todas las maneras que conocía y seguir caminando. Lo irónico es que, mientras rechazaba la idea de crecer, ya llevaba mucho tiempo obligándome a pensar como alguien mayor: observaba mis propios síntomas, intentaba regularme, calculaba cuánto podía mostrar, pensaba en cómo mis acciones afectarían a los demás, me responsabilizaba de emociones que no me correspondían e intentaba resolver problemas que ni siquiera comprendía... Seguía siendo un niño, pero había partes de mí demasiado ocupadas intentando mantener todo funcionando como para permitirse sentirse como uno.
Y aun así, necesitaba cosas increíblemente infantiles: que alguien me abrazara, que alguien me dijera que estaba bien, que alguien se quedara, que alguien me asegurara que no era una carga, que alguien viera algo bueno en mí incluso cuando yo no podía encontrarlo... Quizá por eso las relaciones llegaron a significar tanto; quizá por eso las pérdidas dolían como si arrancaran partes enteras; quizá por eso podía aferrarme tanto a cualquier persona capaz de hacerme sentir querido durante un rato. No estaba buscando únicamente pareja, muchas veces estaba buscando refugio... y ningún adolescente debería convertir a otro adolescente en su refugio completo; no es justo para ninguno de los dos, pero yo todavía no sabía construir uno dentro de mí.
Así transcurrieron segundo y tercero de secundaria; no como una línea continua de sufrimiento, sino con música, libros, personas, risas, internet, historias y momentos que sí quería conservar. No quiero borrar esas cosas ahora solo porque sé lo mal que estaba; mi adolescencia no fue únicamente dolor, y precisamente por eso sobrevivirla resulta tan difícil de resumir: había días hermosos dentro de años terribles, personas que amé dentro de etapas que me estaban destruyendo, y recuerdos que todavía me hacen sonreír dentro de periodos que no quisiera repetir. La vida rara vez tiene la cortesía de dividirse claramente entre «buena» y «mala»... yo tampoco.
Y después llegó la preparatoria... o, mejor dicho, intenté llegar. Entré medio año tarde; para entonces tenía quince años y estaba cerca de cumplir dieciséis. Podría decir que llegué con una nueva oportunidad; sería una frase bonita, pero no completamente cierta. Llegué con varios años de cansancio acumulado, con estrategias que ya se habían convertido en hábitos, con una enorme necesidad de afecto, con una identidad todavía en construcción, con miedo, con ansiedad, con una relación complicada con mi propio cuerpo y con una capacidad cada vez mayor para parecer funcional mientras internamente todo se desmoronaba. No duré ni medio semestre... pero esta vez ocurrió algo diferente: empecé a escribirlo.
El 7 de mayo de 2018 abrí un documento y dejé una primera entrada. No sabía que seguiría regresando a él durante años, no sabía que algún día tendría cincuenta páginas, ni que terminaría convirtiéndose en una especie de registro involuntario de mi adolescencia y mis primeros años de adultez; mucho menos imaginaba que años después volvería a leerlo intentando comprender al chico que lo escribió. Para mí era solamente un lugar donde poner pensamientos que no sabía decir en voz alta. El archivo comenzaba ahí, mi historia no... pero, por primera vez, iba a quedar evidencia de lo que estaba ocurriendo mientras ocurría.
Capítulo 3
07/05/18, 06:06 PM
07/05/18, 06:06 PM
«Mis pensamientos me consumen lentamente.»
Así empieza: no con una presentación, ni con una explicación de los años anteriores, ni con una advertencia de que llevaba desde los doce haciéndome daño, ni con una cronología cuidadosamente organizada para que alguien pudiera entender cómo había llegado hasta ahí... Una sola frase: Mis pensamientos me consumen lentamente.
A las 7:53 de esa misma tarde volví a escribir. Esta vez dejé algo que, leído tantos años después, explica probablemente mejor que cualquier diagnóstico lo bueno que ya me había vuelto escondiéndome: podían salir palabras positivas de mi boca mientras por dentro me derrumbaba a gritos. Y después escribí: «Escribir es mi escape.» Tenía quince años y faltaban veintiséis días para mi cumpleaños.
Hoy puedo abrir esas notas y saber muchas cosas que ese adolescente todavía no sabía explicar: sé que aquello no había empezado recientemente, que las autolesiones no eran nuevas, que ya había intentado morir años antes... sé que llevaba demasiado tiempo sintiéndome vacío, aislándome, necesitando desesperadamente sentirme querido y tratando de entender una identidad que todavía no podía vivir completamente hacia afuera. Sé que ya había cambiado de escuela, que había aprendido a ocultar, y que una nueva preparatoria tampoco había sido suficiente para convertirme mágicamente en una persona nueva. Él no tenía toda esa perspectiva; él solamente sabía que estaba cansado... y escribió.
Seis días después decidió presentarse:
«Hola, soy Demian.»
Me gusta detenerme en esa frase. Entre todo lo que aparece después, podría parecer insignificante, pero no lo es: Hola, soy Demian. No el nombre con el que otras personas insistían en llamarme, ni una explicación, ni una disculpa... Demian. Después hablé de libros, de cantar, de querer tocar el violín, de escribir; hasta hice bromas. Es una de las cosas más extrañas de leer mis notas antiguas: incluso en las páginas más terribles sigo apareciendo yo. No existe únicamente un adolescente deprimido; hay un chico que ama los libros, que escucha música, que quiere cantar, que escribe historias, que hace chistes, que quiere enamorarse... un chico que puede entusiasmarse por algo y, unas líneas después, admitir que lleva horas llorando.
Durante mucho tiempo pensé que esas contradicciones significaban que quizá no estaba tan mal como recordaba; ahora pienso lo contrario: estar profundamente mal no elimina automáticamente todo aquello que todavía puede hacerte sonreír. No sufría veinticuatro horas al día de una única manera perfectamente reconocible; a veces me reía, a veces hablaba demasiado, a veces tenía proyectos o quería cosas... y otras veces sentía que quedaba tan poco de mí que estaba permitiendo que el documento registrara cómo me apagaba. Ambas cosas podían ocurrir el mismo día; ambas eran ciertas.
Eso es algo que tardé mucho en comprender, pues durante años pensé que el sufrimiento debía ser consistente para ser legítimo: que si había podido reírme ayer, entonces quizá no tenía derecho a sentirme destruido hoy; que si tenía familia, comida, una cama, libros, música o personas que me querían, entonces sentirme vacío era una especie de ingratitud. A finales de mayo lo escribí con todas sus letras: «Tengo todo para ser feliz; sin embargo, no logro serlo.» Y me culpaba por ello... muchísimo.
El 31 de mayo faltaban dos días para cumplir dieciséis. Ese día escribí que mis jornadas antes podían dividirse en tres clases: los días en los que todavía tenía algo de ánimo, los días en los que simplemente dejaba pasar las horas, y los días en los que quería morir. Después corregí la clasificación: ya solamente quedaban dos, pues habían desaparecido los primeros. También escribí que la música había dejado de funcionar como antes —lo cual me asustaba—, que los libros tampoco llenaban el vacío y que dormir se estaba convirtiendo en una salida.
Y entonces aparece algo que ahora puedo reconocer como uno de los temas más persistentes de toda mi historia: la culpa por estar mal. No solamente estaba sufriendo, sino que también creía que estaba haciendo algo moralmente incorrecto al sufrir: había personas con problemas peores, mi familia gastaba dinero en mí, no estudiaba correctamente, no trabajaba, no era suficientemente útil, no estaba alcanzando las expectativas de nadie... Por lo tanto, según la lógica impecable de un adolescente deprimido, mi dolor también debía ser una prueba irrefutable de que era egoísta. Me castigaba por sentirme mal, y después me sentía peor por no poder dejar de sentirme mal: un sistema fantástico, cero fallas visibles.
En esas páginas también escribí algo que todavía me cuesta leer: «No me toman en serio.» Estaba esperando una cita con un psiquiatra; no sabía exactamente qué esperaba encontrar ahí ni conocía todavía todas las palabras que terminarían formando parte de mi vocabulario... solo sabía que necesitaba que alguien me guiara hacia afuera. Yo quería ayuda. Esto es importante para mí ahora, porque durante muchos años reinterpreté mi adolescencia como si hubiera sido simplemente un niño empeñado en destruirse. No era tan sencillo: sí, me hice daño; sí, intenté morir muchas veces... pero también pedí ayuda muchas veces: a veces abiertamente, a veces de formas terribles, a veces escribiendo, a veces dejando de funcionar, a veces diciendo en voz baja que no podía más. Había una parte de mí intentando desaparecer, y había otra desesperada porque alguien la encontrara antes.
Cumplí dieciséis el 2 de junio de 2018. Mi entrada de cumpleaños no habla de pastel; habla de un funeral: estaba frente a un ataúd y no podía dejar de imaginar que el cuerpo dentro era el mío, preguntándome si las personas llorarían así por mí. Ese mismo día también escribí sobre mis tíos abrazándome, sobre no rechazar el afecto esa vez y sobre lo bien que se había sentido ser querido. Recuerdo esa contradicción ahora y me parece casi una miniatura de aquellos años completos: en unas líneas estoy imaginando mi propio funeral y en otras estoy encontrando paz en un abrazo... No necesitaba una gran razón filosófica para querer vivir; a veces necesitaba, simplemente, sentir que alguien me quería.
Ese día lloré cuando se suponía que debía estar feliz porque era mi cumpleaños; me molestaron las felicitaciones, me sentía frágil y, sin embargo, seguí escribiendo. Tenía dieciséis; había llegado a otra edad que años antes ni siquiera estaba seguro de alcanzar, aunque no lo celebraba como una victoria porque todavía no sabía cómo hacerlo.
Una semana después hice algo que ahora me resulta fascinante: intenté organizar mi ansiedad. Hice una lista de situaciones —hablar en público, participar en clase, hacer contacto visual, conocer personas, comer frente a otros, hablar con figuras de autoridad, subir al transporte público, entrar a lugares donde ya había gente sentada, sentir que me observaban—; después hice otra lista con lo que ocurría en mi cuerpo —tensión, sudoración, taquicardia, mareo, temblor, náuseas, dolores de cabeza—; y finalmente otra intentando explicar por qué: temía comportarme de manera incorrecta, que mi presencia desagradase, ser torpe, o que alguien notara que estaba ansioso.
Lo estaba estudiando... Eso también me conmueve al leerlo ahora: no tenía una respuesta, así que intentaba convertirme simultáneamente en paciente e investigador: me observaba, tomaba notas, clasificaba, buscaba patrones e intentaba averiguar qué demonios estaba haciendo mi cerebro. Muchos años después recibiría explicaciones que cambiarían radicalmente la forma en que entiendo ciertas experiencias; pero en 2018 no tenía nada de eso: solo tenía listas y unas ganas enormes de entender por qué vivir afuera de mi habitación parecía requerir tanta energía.
El 23 de junio volví a escribir: «¿Por qué tengo ansiedad?» Otra vez estaba enojado porque las personas hablaban de aquello como si controlarlo fuera una decisión sencilla. Ese día escribí que había vomitado, que me sentía inútil, que era una carga y que mi familia estaba gastando demasiado dinero en alguien que no estudiaba, no trabajaba y ni siquiera podía cumplir con sus responsabilidades básicas; terminé escribiendo que necesitaba que alguien me ayudara a detener «ese monstruo» que me estaba consumiendo.
Y creo que aquí hay algo que merece quedarse incómodo: cuando tenía dieciséis años no hablaba de mí mismo como una persona enferma que necesitaba cuidado, sino como un gasto, un problema, una deuda... como alguien que debía justificar los recursos que ocupaba. Si necesitaba médicos, costaba dinero; si no podía estudiar, estaba fallando; si necesitaba atención, estaba quitándosela a alguien; incluso recibir ayuda podía hacerme sentir culpable. Eso después tuvo consecuencias durante años: aprendí a medir mis necesidades preguntándome primero cuánto iban a incomodar a los demás; aprendí a aguantar, a esperar, a decir «estoy bien» cuando lo que realmente quería decir era «por favor, no me dejes solo con esto»... y algunas veces aprendí demasiado bien.
En algún punto de 2018 hubo otro intento. No fue el primero, tampoco sería el último; fue uno de los pocos que dejó de permanecer encerrado entre las paredes de mi habitación porque terminé en urgencias tras haber ingerido una cantidad peligrosa de un medicamento que normalmente asociaría con algo tan cotidiano como las náuseas. No quiero describir el procedimiento; no necesito convertir ese momento en instrucciones para demostrar que ocurrió. Lo que recuerdo con mucha más claridad es lo que vino después: el sabor... Durante años no pude separarlo de lo que había hecho; algo que para cualquier otra persona podía ser simplemente medicina, para mí había quedado unido a un recuerdo que mi cuerpo parecía reconocer antes que yo. Me costaba tragar pastillas, me daba ansiedad y hubo sabores que no pude tolerar durante años. Tardé muchísimo en entender que aquello también era una consecuencia: a veces sobrevivir no termina cuando el cuerpo ya está fuera de peligro; el cuerpo guarda asociaciones, rechazos y miedos absurdamente específicos que dejan de parecer absurdos cuando encuentras de dónde vienen. Mi dificultad con las pastillas no apareció de la nada; tenía historia... yo también.
Lo más inquietante es que ese intento no convirtió inmediatamente mi vida en una historia de superación: no desperté en urgencias con una nueva apreciación por la existencia, no hubo iluminación ni decidí que jamás volvería a hacerlo; simplemente sobreviví, eso fue todo, y después tuve que continuar. Durante años pensé que después de un intento de suicidio debía existir una especie de frontera —un antes y un después—, pero muchos de los míos no funcionaron así: a veces intentaba morir, sobrevivía, dormía, despertaba odiando haber despertado... y la vida seguía. Eso es probablemente una de las cosas más difíciles de explicar: lo extraordinario podía convertirse en rutina, y lo que debería haber sido una alarma ensordecedora podía ocurrir casi en completo silencio.
Años después llegué a decir en terapia: «Tengo más intentos de suicidio que años». No era una metáfora; el número terminó deteniéndose en veintitrés mientras yo seguí creciendo... pero todavía faltaba mucho para llegar ahí: en 2018 solo tenía dieciséis.
Meses después, en septiembre, volví al documento con otro dolor que ya llevaba tiempo intentando nombrar: «No puedo ser Demian aún.» Mi familia seguía usando otro nombre; yo lo escuchaba una y otra vez, y cada repetición parecía borrar algo que estaba tratando desesperadamente de construir. Es difícil explicar cuánto puede pesar un nombre cuando todavía estás peleando por reconocerte: para otras personas podía ser solo una palabra, pero para mí era una confirmación; Demian significaba: yo estoy aquí. En esas notas escribí que no quería responder al nombre que los demás usaban, que quería ser Demian, que estaba cansado de sentir que él desaparecía mientras otra identidad ocupaba todo el espacio, y terminé escribiendo: «Solo quiero construir a Demian sin que me derrumben el proceso a cada segundo que pasa.»
Tenía dieciséis años. Años después cambiaría legalmente mi identidad, pero en aquel momento eso estaba lejísimos; ni siquiera sabía si algún día tendría suficiente independencia, valor o apoyo para hacerlo: yo solo quería que me llamaran por mi nombre... otra cosa aparentemente pequeña, pero capaz de sentirse gigantesca cuando te falta.
En esas mismas páginas aparece otra frase: «Necesito correr, pero apenas tengo fuerza para caminar.» Dormía constantemente, mi ánimo volvía a caer, sentía que me ahogaba y no sabía cómo salir... Y ahí termina prácticamente 2018 dentro del archivo.
La siguiente entrada tiene fecha del primero de enero de 2019; empieza diciendo que no recordaba bien el porqué, y después añade: «Seguir viviendo no estaba incluido en el plan.» Eso me produce una sensación extraña ahora, porque puedo leerlo sabiendo algo que él no sabía: sí siguió viviendo. No de manera elegante, ni mediante una recuperación ascendente donde cada año fue mejor que el anterior, ni porque hubiera encontrado una única razón que solucionara todo... Siguió viviendo a trompicones: con tratamiento, sin tratamiento, con relaciones, sin ellas, con recaídas, con pequeños triunfos, volviendo a caer, aprendiendo, escondiendo, pidiendo ayuda, rechazándola algunas veces y aceptándola otras... pero siguió.
Y al leer las notas hay algo que ahora me resulta imposible ignorar: yo estaba convencido de que lo único que documentaba era mi deterioro; sin embargo, sin saberlo, también estaba documentando otra cosa: cada fecha nueva era evidencia de que había llegado hasta ella.
Capítulo 4
Aprender a vivir y volver a caer
Aprender a vivir y volver a caer
El primero de enero de 2019 escribí que seguir viviendo no estaba incluido en el plan; tres meses después, anoté que mi tratamiento psiquiátrico estaba funcionando. Ese espacio entre ambas frases dice mucho sobre cómo recuerdo ahora aquellos años: no había una sola versión de mí avanzando linealmente desde el «quiero morir» hasta el «quiero vivir»; había semanas, días, horas... momentos en los que genuinamente pensaba que estaba saliendo —y estaba saliendo— para después volver a caer, sin que esa caída convirtiera en mentira todo lo anterior.
Esto me costó años entenderlo. Durante mucho tiempo juzgué mis recaídas como pruebas de que nunca había avanzado: si volvía a querer desaparecer, la terapia no había servido; si volvía a hacerme daño, no había aprendido nada; si regresaba la ansiedad después de haber conseguido salir solo, significaba que aquella victoria había sido falsa; y si un día podía reír y al siguiente no podía levantarme de la cama, entonces seguramente estaba exagerando alguno de los dos. Ahora sé que una persona puede mejorar y seguir enferma; puede aprender y volver a utilizar herramientas antiguas; puede conseguir algo enorme el martes y apenas sobrevivir al viernes... La recuperación no invalida el sufrimiento, así como la recaída tampoco invalida la recuperación. En 2019 yo todavía no tenía esa perspectiva; para mí todo era mucho más binario: o estaba bien, o había fallado otra vez.
El 5 de abril escribí que había salido exitosamente de una recaída depresiva: mi ansiedad estaba mucho más controlada, podía esconder mejor sus manifestaciones físicas, mi psiquiatra me decía que tenía potencial, la medicación funcionaba, había salido de una relación que yo mismo reconocía como bonita pero dañina, y estaba aprendiendo a convivir con la ansiedad social. Incluso bromeaba con ella: según yo, estar hiperalerta tenía la ventaja de que siempre encontraba dinero tirado en la calle... Supongo que algunas cosas no cambian; si el cerebro va a mantener activado un sistema de vigilancia militar en un adolescente de dieciséis años, qué mínimo que encuentre veinte pesos en la banqueta.
Pero detrás de la broma había algo importante: empezaba a tener experiencias que antes parecían imposibles; no grandes revelaciones, sino cosas normales: comer frente a otras personas, salir, permanecer en un lugar lleno de gente sin sentir inmediatamente que tenía que escapar, hablar, moverme por la ciudad y existir fuera de mi habitación. Para alguien más podían parecer detalles cotidianos; para mí eran auténtico territorio recuperado.
El 21 de abril fui con mi familia a un balneario. Meses antes apenas podía comer frente a otros sin que mi cuerpo reaccionara con pánico; ese día desayuné frente a ellos, me puse un traje de baño, entré a una piscina, nadé, jugué y me reí. No ocurrió sin ansiedad —mi cuerpo seguía reaccionando, todavía sentía presión en el pecho, me aterraba lo que pensaran de mí y odiaba mi cuerpo—, pero lo hice; y durante un rato escribí que me sentí libre. No «curado», sino libre... hay una diferencia. Al final de esa entrada dije que estaba orgulloso de mí, y creo que merece la pena repetirlo, porque mis notas contienen páginas enteras donde me llamo inútil, estúpido, carga, monstruo o fracaso; así que cuando aquel adolescente escribió «Hoy puedo decir que estoy orgulloso de mí», quiero dejarlo intacto: se lo ganó.
También escribió: «No importa si tomo el camino largo, estaré bien.» Me gustaría poder decirle que tenía razón, aunque no de la forma en que probablemente esperaba: el camino iba a ser mucho más largo, volvería a hacerse daño, volvería a querer morir, habría años especialmente malos y encontraría otras formas de regularse que terminarían convirtiéndose en problemas propios... pero tenía razón en algo fundamental: el camino largo seguía siendo un camino.
Una semana después estaba otra vez preguntándose por qué todo se sentía vacío; ese contraste ocurre constantemente en mis notas: un día «estoy orgulloso de mí» y otro «¿por qué no siento nada?». No creo que uno de esos Demian estuviera equivocado; eran simplemente estados distintos de una misma persona.
En una sesión con mi psicóloga hicimos un ejercicio relacionado con mi infancia: debía volver a un yo más pequeño, darle lo que le había faltado, consolarlo y cerrar algo. No salió como probablemente se esperaba: no pude decirle que estaba bien; le dije: «No estás bien.» Ahora entiendo por qué: había pasado tantos años escuchando que debía estar bien, mejorar, comportarme, adaptarme, intentar más, convivir, tranquilizarme o agradecer lo que tenía, que quizá lo último que necesitaba escuchar aquel niño era a otra persona diciéndole que estaba bien cuando no lo estaba... eso era precisamente lo que llevaba años intentando comunicar.
En aquel ejercicio también apareció una idea que venía persiguiéndome desde primero de secundaria: había hecho cosas que no correspondían a mi edad, había pensado demasiado pronto como un adulto y había aprendido a responsabilizarme por cosas que no sabía manejar. Antes de despedirme de ese niño hice una promesa: «Tal vez no crecí como el niño que debí ser, pero prometo ser el hombre que tanto anhelé.» Tenía dieciséis años; me parece una frase enorme para alguien que todavía estaba intentando descubrir cómo demonios llegar a los diecisiete... Y además había otra pregunta escondida inmediatamente detrás: ¿papá algún día va a aceptarme? Durante años ambas cosas estuvieron demasiado conectadas: ser el hombre que quería ser y ser reconocido como tal por las personas que amaba; todavía no sabía separar una cosa de la otra.
Después volví a caer. Hay una entrada sin fecha exacta donde anoto que las redes sociales habían dejado de interesarme: no dibujaba, no cantaba, no encontraba placer, mi relación anterior seguía pesando y la medicación me mantenía en pie al mismo tiempo que la odiaba. Aparecía otra vez el miedo al cariño, algo que atravesó muchos años de mi vida: quería desesperadamente ser querido y, cuando alguien se acercaba demasiado, una parte de mí quería correr. El afecto era refugio, pero también peligro: si alguien te quiere, puede irse; si te conoce, puede rechazarte; si intenta ayudarte, puede descubrir todo lo que escondes; si ve lo peor de ti, quizá cambie la forma en que te mira... Entonces hacía algo que repetí muchísimo: pedía cercanía mientras preparaba la salida; quería que alguien se quedara, pero no demasiado cerca; quería amor, pero me aterraba necesitarlo; quería dejar de sentirme solo, aunque la soledad fuera el único lugar donde no tenía que preocuparme por decepcionar a nadie.
El 14 de mayo escribí «Estoy bien», y después construí toda una entrada demostrando lo contrario: me dolía la cabeza, no tenía energía, dormía por agotamiento, sentía ganas de llorar, me faltaba el aire, estaba triste, me sentía culpable y tenía miedo... pero repetía que todo estaba bajo control. Es difícil no verlo ahora: «estoy bien» ya no era una descripción, era una orden, casi un encantamiento que repetía esperando que, tras suficientes veces, se volviera cierto; porque había algo que me aterraba más que estar mal: que alguien lo viera.
En esas páginas aparece una versión de mí convencida de ser un peligro emocional para quienes quería —un monstruo, algo que podía contaminar—, creyendo que si alguien se acercaba terminaría lastimado por quererme, mientras al mismo tiempo rogaba que no se fuera: «aléjate porque te quiero; quédate porque te necesito». No sabía resolver esa contradicción; solo podía vivir dentro de ella.
También tenía una fecha límite imaginaria: unos meses... en unos meses iba a tener una vida, iba a ser normal, podrían quererme, estaría curado. No sé exactamente cuándo construí esa idea, pero aparece repetidamente, como si la enfermedad aceptara calendarios o pudieras decirle a la ansiedad: «mira, tengo un examen de ingreso, agradecería que terminaras antes». Tenía terror de no lograrlo: ¿qué pasaría si no podía presentar el examen, si no lograba subir al transporte, si llegaba pero no conseguía cruzar la entrada, si volvía a esconderme en un baño, si decepcionaba a mi papá otra vez? Y debajo de todo aparecía la misma exigencia: tengo que estar bien a tiempo... a tiempo para estudiar, para trabajar, para no preocupar a mi familia, para no gastar más dinero, para ser útil. La recuperación se convirtió en otra cosa que podía hacer incorrectamente.
A finales de mayo me quedé sin medicación —se acabó y no pude comprar más— y recaí. En mis notas me puse a analizar el documento como un crítico literario de mi propia crisis: dije que no quería adornarlo, que las primeras notas eran de alguien muy mal, que con el tratamiento se notaba evolución, pero que seguía esperando en el pozo a que alguien me sacara mientras sabía que no sería así. También escribí algo importante: dejé de decir «mi ansiedad» y «mi depresión» para empezar a llamarlas «la ansiedad» y «la depresión»; no quería poseerlas ni convertirlas en identidad. Parecen dos palabras insignificantes, pero fueron una frontera: me pasaban cosas, pero yo no era esas cosas.
Y en esa misma entrada escribí algo maravilloso: estaba a punto de cumplir diecisiete y me hacía feliz pensar que años antes ni siquiera contemplaba llegar a los catorce; había superado varias edades que en algún momento me parecieron imposibles, acumulando futuros que alguna vez di por cancelados.
Después volvió la cama, el aislamiento, el ruido exterior, las fragancias que daban náuseas, el cansancio y la comida convertida otra vez en problema. Hay una entrada donde escribí que quería retomar los estudios para esconder mejor algunas cosas: si estaba estudiando, imaginaba que podría mantener el deterioro fuera de la vista de mi familia sin preocuparlos ni gastar dinero... eso entendía por independencia: deteriorarme sin molestar.
Y aun así, días después, me preparé para presentar un examen de ingreso. El 15 de junio de 2019 salí temprano: compré agua, jugo y galletas; subí al tren; comí frente a otros (lo que ya era una victoria, e incluso ofrecí galletas al señor de al lado); tomé una ruta equivocada; terminé lejísimos; iba tarde; pregunté direcciones con la ansiedad disparada queriendo llorar y volver a casa pensando que decepcionaría a mi papá... y seguí. Corrí hacia la preparatoria, entré una hora tarde a un aula con treinta personas, temblé durante todo el examen... y lo hice.
Esto importa muchísimo, porque durante años describí mis avances con crueldad: «solo fui a la escuela», «solo viajé solo»... Para ese chico no existía el «solo»: meses antes salir a la cuadra lo desbordaba, y ahora se había perdido en la ciudad, había preguntado, había llegado tarde y había presentado una prueba. Al regresar a escribir dije que había valido cada segundo, me sentí preparado para viajar solo y escribí: «¡Tengo una vida!» No quiero tocar esa frase ni volverla irónica: la tenía, ese día la tenía; una vida no deja de ser vida porque después vuelva el sufrimiento.
Cuatro días después estaba otra vez en cama sin antidepresivos, pero anoté que había tenido un «buen mal día»: no tenía energía, la ansiedad subía y apenas comía, pero no estaba en el punto de hacerme daño. Estaba aprendiendo que no todos los descensos tenían que terminar en destrucción; que podía tener un día horrible, considerarlo soportable y esperar al siguiente.
Julio fue una mezcla de avances y crisis: me perdí otra vez, viajé en un vagón lleno tolerando la ansiedad, y empecé otra preparatoria. El primer día tuve una pequeña crisis, lloré, una brigadista me ayudó, hice amigas y me quejé de una máquina expendedora que parecía mi antagonista escolar; al día siguiente participé en clase, comí, caminé cuarenta y cinco minutos con una amiga diciendo tonterías y me reí. Después de tantas páginas sobre muerte y vacío, de repente había una amiga, una caminata y planes para mañana... eso también era yo, eso también era vivir.
Pero vivir seguía costándome: las crisis me agotaban y me frustraba no poder ir a clases cuando esta vez sí quería participar. Afuera empezaba a haber cosas que no quería perderme: personas, proyectos, un futuro imaginable... Incluso grabé un cover: tenía inseguridad por mi voz, pero lo publiqué, recibí comentarios positivos y seguí cantando. A principios de agosto escribí que estaba feliz; seguía cansado y con ansiedad, pero tenía planes para diciembre e imaginaba una vida doméstica con hijos, perro, gato y libros: estaba pensando en futuro.
Por eso, lo que ocurre diez días después no significa que nunca hubiera estado bien. El 13 de agosto vuelvo a escribir que soy insuficiente y reaparece la idea de morir; dos días después escribo «Estoy bien, eso creo» y describo una depresión evidente: la escuela me gustaba y funcionaba en clase, pero lloraba por las noches sintiéndome insignificante y repitiendo «estoy bien, siempre lo estoy». Para entonces, esa frase significaba simplemente: todavía puedo continuar.
La entrada del 15 de agosto de 2019 es la última antes de un silencio enorme de más de dos años: no hay finales de 2019 ni 2020; la siguiente fecha conservada es noviembre de 2021. Yo seguí existiendo —hubo relaciones, pérdidas, decisiones, más intentos y una pandemia que atravesó al mundo—, pero la caja negra dejó de registrar. El último Demian de 2019 todavía intentaba convencerse de que estaba bien; cuando el documento vuelve a abrirse en 2021, la voz ya no suena igual: se había gastado. Ya no se preguntaba con desesperación «¿por qué soy así?», sino con un cansancio profundo: ¿cuánto tiempo más voy a poder seguir haciendo esto? Había aprendido a vivir... pero eso nunca significó que hubiera aprendido todavía a querer hacerlo.
Capítulo 5
El cansancio de sobrevivir demasiadas veces
El cansancio de sobrevivir demasiadas veces
Después de agosto de 2019, el documento guarda silencio durante más de dos años. Cuando vuelve a abrirse el 23 de noviembre de 2021, yo ya tengo diecinueve años y la voz es completamente distinta... No sé si podría señalar exactamente cuándo cambió; no hay una entrada intermedia que diga: «hoy dejé de ser el adolescente que intenta comprender qué le pasa y me convertí en alguien simplemente cansado de que le siga pasando». El archivo no me concede esa comodidad: solo hay un salto abrupto.
En 2019 todavía escribía sobre entrar a clases, hacer amigos, cantar, enamorarme, controlar la ansiedad, volver a caer y convencerme de que estaba bien; en 2021 regreso escribiendo sobre morir como si estuviera hablando de un destino que ya había aceptado por completo. Eso me asusta más ahora que algunas de las páginas anteriores, no porque sea necesariamente más dramático, sino precisamente porque lo es menos: hay menos sorpresa, menos preguntas, menos desesperación adolescente exigiendo una explicación... parece puro cansancio.
Y el cansancio prolongado tiene una forma particular de cambiar las preguntas: al principio preguntas por qué te pasa esto; después, cómo haces para detenerlo; y tras suficientes años puedes terminar preguntando cuánto tiempo más tienes que seguir haciéndolo. Para entonces yo llevaba demasiado tiempo sobreviviendo: había tenido tratamiento, había mejorado, había recaído, había aprendido herramientas y abandonado otras para luego volver a ellas, había pedido y rechazado ayuda, había tenido y perdido relaciones, había estudiado y dejado de estudiar, había conseguido trabajos y rutinas, y había aprendido a funcionar mucho mejor hacia afuera... Y, aun así, seguía existiendo una parte de mí convencida de que todo terminaría exactamente de la misma manera.
En enero de 2022 escribí algo que aparece repetidamente durante esos años: quería convertirme en un recuerdo; no necesariamente en alguien importante, ni famoso, ni extraordinario... solo en un buen recuerdo para las personas que me habían conocido. Eso dice bastante sobre cómo imaginaba mi futuro o, más precisamente, sobre cómo no lo imaginaba: pensaba mucho en la vida de los demás después de mí —cómo me recordarían, cuánto llorarían, cuándo dejarían de hacerlo, qué cosas mías quedarían, si alguien conservaría mis escritos o si mi voz seguiría alcanzando a alguien cuando yo ya no estuviera—, mientras que pensar en mi propia vida dentro de cinco o diez años era muchísimo más complicado. Podía imaginar el futuro de todos; el mío simplemente se cortaba: no necesariamente en una fecha concreta, pero no continuaba.
El 30 de mayo de 2022 escribí: «Intentar ya no sirve, he tratado por casi siete años.» Tenía diecinueve años y estaba a tres días de cumplir veinte... Siete años: casi toda mi adolescencia. Cuando eres adulto, siete años pueden parecer una etapa larga; cuando tienes diecinueve, representan una porción enorme y casi grotesca de la vida que recuerdas: desde los doce años, atravesando la secundaria, las autolesiones, el primer intento, otra escuela, más intentos, preparatorias, tratamientos, psiquiatra, psicóloga, medicamentos, relaciones, ansiedad, días buenos, recaídas y volver a intentarlo. Para entonces yo ya sabía que podía mejorar, y ese era parte del problema: había mejorado antes, sabía exactamente cuánto esfuerzo costaba subir, pero también sabía que podía volver a caer... y cada nueva subida empezaba a sentirse más pesada.
Escribí: «¿Cómo hacen las personas para vivir?» No hablaba de ser felices, tener éxito o encontrar propósito, sino de vivir en su sentido más elemental: despertar, comer, trabajar, hablar, dormir y repetir. Miraba a los demás haciendo todo eso y me preguntaba por qué a mí me parecía una tarea de dificultad absurda: ¿por qué ellos podían seguir avanzando mientras yo necesitaba dedicar tanta energía simplemente a mantenerme presente?, ¿por qué todo costaba tanto?... Y en medio de esa entrada aparece algo que todavía resume perfectamente aquellos años: «AYUDA». Una sola palabra en mayúsculas después de páginas enteras diciendo que quería morir: ahí estaba otra vez la contradicción que nunca desapareció... la parte que quería irse y la parte que quería que alguien llegara antes.
Cumplí veinte años el 2 de junio de 2022. A las 11:59 de la noche anterior estaba escribiendo y pensaba en la cuenta: veinte años de edad, casi siete viviendo de aquella manera. Mi cumpleaños volvió a convertirse en un marcador; no sabía exactamente cómo sentirme por haber llegado: agradecí a las personas que me habían hecho sentir parte de algo, a quienes habían intentado tratarme como un chico, a quienes habían estado conmigo durante ataques de pánico, recaídas y momentos en los que mi vida estuvo en peligro; pero también agradecí a quienes habían conocido mi otra versión: la que se reía, cantaba, dibujaba, pintaba y podía estar genuinamente feliz. Y escribí algo particularmente difícil de acomodar dentro de una historia clásica de superación: no podía decir que estuviera feliz de haber llegado hasta ahí, pero había una diferencia: ya no quería morir con tanta frecuencia.
Eso era progreso: no espectacular ni cinematográfico —no era «amo estar vivo», sino «quiero morir menos seguido»—, y durante aquel periodo eso ya era muchísimo. Creo que durante años no supe reconocer avances de ese tamaño porque estaba esperando una transformación absoluta: quería pasar de odiar existir a amar la vida, de tener pensamientos suicidas a no volver a tener uno jamás, y de estar enfermo a estar completamente curado; pero algunas de las mejoras más importantes fueron mucho menos elegantes: pensarlo una vez menos, pasar una noche sin hacerlo, pedir ayuda antes, esperar, dormir, hablar con alguien, no lastimarme esa vez o llegar al día siguiente... A veces la recuperación fue simplemente aumentar la distancia entre una crisis y otra.
Cinco días después escribí: «Cuanto más avanzo más me canso y menos siento el progreso.» Esa frase podría resumir buena parte de mis primeros veintes, porque objetivamente había avanzado: ya no era el niño aislado al fondo del aula ni el adolescente incapaz de caminar alrededor de su cuadra; había trabajado, conocido personas, aprendido a moverme por la ciudad, sobrevivido a relaciones, construido una identidad más sólida y aprendido a reconocer mis crisis sabiendo qué eran la ansiedad y la depresión... Sabía mucho más sobre mí, y aun así seguía cansado. Eso resulta desconcertante cuando crees que entender el problema debería solucionarlo; a veces entender solo significa que ahora puedes ponerle nombre mientras continúa doliendo.
También regresó una pregunta antigua: «¿cuántas señales más tengo que dejar para que me miren?». Me sorprende encontrarla tantos años después: es prácticamente el mismo niño de primero de secundaria con el mismo resentimiento y la misma sensación de enviar señales desde un lugar al que nadie terminaba de llegar. Habían cambiado las circunstancias y yo había crecido —ya no dependía exclusivamente de adultos para que alguien interviniera—, pero emocionalmente seguía existiendo esa parte de mí preguntando qué tan mal tenía que estar para que fuera suficiente. Eso atravesó muchas de mis crisis y mi relación con la ayuda: una parte quería que lo notaran, otra sentía vergüenza cuando lo hacían; una quería ser cuidada, otra se sentía culpable por necesitarlo; una quería que preguntaran, otra respondía «estoy bien»... y todavía había una tercera que se enfurecía porque le habían creído: un sistema extraordinariamente eficiente para no darle instrucciones claras a absolutamente nadie.
En septiembre de 2022 escribí una carta teniendo veinte años, tres meses y dos días; lo calculé hasta los días exactos, porque en esa etapa contaba mucho el tiempo: tiempo vivo, tiempo desde ciertos sucesos, tiempo sin autolesionarme, cuánto faltaba para fechas temidas y cuántos años llevaba así... El tiempo no era solo algo que pasaba, era una unidad de supervivencia. En esa carta escribí que cada año me costaba más querer vivir, y acto seguido escribí algo que contradecía toda la frase anterior: todavía existía una parte de mí que gritaba: «No quiero morir. No me dejes morir.»
Eso es probablemente lo más cerca que mis notas llegan a mostrar ambas fuerzas simultáneamente: yo podía decir que quería morir y estar diciendo la verdad, y también podía decir que no me dejaran morir y estar diciendo la verdad. No era manipulación ni indecisión caprichosa; era pura ambivalencia: estaba exhausto de vivir de aquella manera, pero eso no significaba que toda parte de mí quisiera dejar de existir. Durante mucho tiempo confundí ambas cosas: querer que el dolor terminara y querer que yo terminara... a veces parecían exactamente lo mismo.
En esa misma carta expliqué por qué bromeaba constantemente con la muerte: el humor había sido mi herramienta desde mucho antes. Cuanto más podía convertir algo en chiste, menos peligroso parecía decirlo; si hacía reír a alguien mientras hablaba de querer morir, la frase pasaba sin dejar un silencio insoportable detrás y yo podía escucharme sin enfrentar su peso absoluto. Era una manera de normalizarlo para cargarlo con menos esfuerzo; bromeaba para no llorar, para no preocupar y para hablar de ello sin que cada charla se transformara en una intervención médica. Y a veces, detrás del chiste («me voy a morir», «ya fue»), cuando alguien respondía rechazando la idea y diciéndome que no me iría, había momentos en que eso realmente me sostenía, porque durante unos segundos alguien me estaba diciendo: todavía te veo aquí.
También contaba y mostraba cuánto tiempo llevaba sin autolesionarme: ahora lo entiendo como algo mucho más importante que una simple racha; era mi manera de decir: «mira, sigo intentándolo». Cuando tienes un historial tan largo de volver a una misma conducta, cada periodo sin ella se siente frágil: no quieres confiarte, pero necesitas que alguien vea no solamente las recaídas, sino también el esfuerzo y el trabajo que cuesta mantenerse en pie.
Durante esos años desarrollé además algo que ya venía desde la adolescencia, pero vuelto mucho más sofisticado: versiones de mí. El Demian amable, gracioso, empático, curioso y servicial frente al Demian cansado, seco, sarcástico, enojado y con poca paciencia. Estaba convencido de que si conocían al segundo dejarían de querer al primero, así que sostenía la versión agradable incluso cuando me agotaba o quería que me dejaran solo. En mis notas admití haber creado un «yo amable» que ya no sabía cómo sostener: en aquel momento pensaba que era falso y que engañaba a todos; hoy puedo plantearme cuánto de aquello era adaptación, supervivencia social y miedo al rechazo... Todavía faltaba tiempo para que una palabra nueva reorganizara esas preguntas, pero las señales ya estaban escritas.
A los dieciséis intentaba construir a Demian; a los veinte Demian existía pero estaba repartido en una versión para cada persona, siempre bajo la misma necesidad: que no se fueran, que no se decepcionaran y que no me vieran como una carga. Pasaron años antes de empezar a preguntarme algo mucho más útil: ¿me gusta a mí la persona que estoy intentando ser aquí? En 2022 todavía estaba demasiado ocupado intentando agradar al resto.
Ese septiembre volví a escribir una petición simple: «No me dejes morir.» Me resulta imposible leerla y sostener que yo simplemente «quería morir»: quería descansar, dejar de sufrir, sentirme querido, no ser una carga, que alguien me detuviera, tener control, desaparecer y vivir... todo junto en la misma página. Y por eso la frase dicha en terapia —«Tengo más intentos de suicidio que años»— era simplemente literal. La mayoría de esos intentos sucedieron sin ambulancias ni urgencias, dentro del patrón silencioso de encierro, dormir, intentar algo, sobrevivir, despertar frustrado y continuar... Por eso el número pudo crecer tanto mientras mi vida social seguía pareciendo funcional: veintitrés no es una medalla ni una cifra morbosa; solo muestra hasta qué punto una conducta extrema se había integrado como mecanismo de supervivencia. Durante un tiempo tuve más intentos que años... el contador de intentos terminó deteniéndose en veintitrés; el de mis años siguió corriendo.
A finales de septiembre apareció una versión particularmente agotada de mí: ya no solo estaba triste, empezaba a dejar de importarme estarlo. Durante años creí que el peor estado era sentir dolor intenso; pero hay otro agotamiento donde la alarma sigue sonando y tú simplemente dejas de levantarte a apagarla. Escribí que mi alma estaba cansada y que me angustiaba fingir risas; y otra vez la culpa: vivir me dolía y morir lastimaría a otros, dejándome siempre como culpable en mi propia cabeza. Pregunté: «¿Cómo van a recordarme?»; cuando no estás seguro de tener futuro, organizas tu pasado antes de tiempo. Convivir tanto tiempo con ideas suicidas me robó la práctica de imaginarme vivo a los veinticuatro años comprando cosas que me gustan, trabajando, estudiando o tomando mi medicación correctamente.
Y sin embargo, incluso en las páginas más cansadas de 2022, seguían apareciendo pequeñas frases que contradecían la sentencia final: «Quiero vivir más tiempo», «No me dejes morir», «Lo estoy intentando»... Ahí estaban: no había perdido las ganas de vivir, había perdido las ganas de seguir viviendo así. Pero antes de mejorar, la desesperación se volvería rutina; el alivio empezó a venir de cigarrillos, alcohol y sueño prolongado para reducir el ruido. Cuando algo terrible se vuelve cotidiano, dejas de preguntarte cuándo empezó y simplemente comienzas a organizar tu vida alrededor de ello.
Capítulo 6
Cuando desaparecer se volvió cotidiano
Cuando desaparecer se volvió cotidiano
Hay una diferencia entre querer morir en medio de una crisis aguda y acostumbrarse a convivir con la idea como ruido de fondo; no sé exactamente cuándo crucé esa línea, pero simplemente ocurrió. La primera vez que una persona piensa seriamente en su propia muerte puede sentirse aterradora; después de demasiadas veces, el miedo desaparece... y que desaparezca puede ser muchísimo peor.
Para 2023 yo ya conocía de memoria mi propio ciclo: caer, aislarme, dormir, no comer bien, buscar distracciones, hacer bromas y seguir funcionando lo justo. No había una sirena permanente en mi cabeza; había días normales con trabajo, charlas, internet, cigarrillos y alcohol conviviendo con la idea cotidiana de que podría morir. En marzo de 2023 volví a escribir sobre no querer una tumba ni tener esperanza, pero ya no describía el suicidio como un mero impulso: lo estaba racionalizando... A veces la desesperación no grita, habla bajito y suena razonable; por eso asustaba menos y resultaba mucho más peligrosa.
En julio escribí: «Ni siquiera sé por qué sigo escribiendo esto.» Tenía veintiún años y me encontraba repitiendo las mismas frases que a los quince: insuficiencia, vacío y cansancio metido en el cuerpo. Dormía gran parte del día, comía por obligación, las pastillas me daban náuseas y pensaba en el alcohol para apagarme. Empecé a buscar sustancias que modificaran cómo se sentía habitar mi cuerpo: no buscaba fiesta ni glamour independiente con música triste bajo la lluvia; buscaba alivio, algo mucho más simple. El alcohol bajaba el volumen del dolor por unas horas y el cigarrillo ofrecía un ritual, una pausa donde respirar mientras me sostenía... Las conductas dañinas empiezan porque cumplen una función útil; el problema es que ofrecen alivio con intereses y, eventualmente, la factura siempre llega.
En diciembre de 2023 le dediqué una entrada a mi papá. Para entonces mi identidad ya no era una duda, pero dolía que quien buscaba que me aprobara no pudiera verme. Escribí sobre ser trans, la infancia, los prejuicios sobre la ropa y los roles, el esfuerzo por lucir masculino y el deseo de ser reconocido como hijo, rematando con una pregunta cargada de años de dolor: «¿Cuándo vas a amarme a mí también?» No pedía solo un nombre; preguntaba si podía existir plenamente sin perder su amor. Temía que si me mostraba auténtico nadie se quedaría, llegando a desear ser un hombre cis para que mi existencia no requiriera defensas ni explicaciones constantes.
El 6 de diciembre anoté que pensaba más en morir que en mi futuro, que mis amigos sabían lo mal que estaba, que intentaba dejar de fumar sin éxito y que las autolesiones habían regresado tras meses limpio. Durante mucho tiempo sentí que recaer borraba todo el camino recorrido; hoy sé que no invalida el esfuerzo: significaba que estaba sobrepasado y recurría a lo conocido, pero no borraba cada vez que logré no hacerlo.
En enero de 2024 describí un hueco físico en mi pecho —oscuro, frío, a veces ardiendo en alcohol o iluminado por la brasa de un cigarro— donde mi corazón latía con flojera; convertía en anatomía lo que no sabía explicar. Fumar tres cigarros ya no bastaba; llevaba tres meses sin autolesionarme y me burlaba escribiendo con sarcasmo «vaya logro, Demian», minimizando un avance real solo porque no era perfecto. En esa entrada reapareció el anhelo de rectificar legalmente mi nombre y sexo, postergado por el miedo al rechazo de mi papá y la angustia de pensar qué nombre pondrían en mi tumba si moría antes.
Escribí que querer morir ya no era novedad: los pensamientos suicidas eran una aplicación permanentemente abierta en segundo plano consumiendo batería mientras intentaba hacer cosas normales. En mayo de 2024 reflexioné sobre la culpa generacional —padres y abuelos transmitiendo carencias y dolor sin haber decidido conscientemente ser dañinos—; entender la causa no cancelaba el daño, pero anoté: «El abusado se convierte en abusador», con la determinación de no continuar esa cadena... Querer romper el ciclo era, en el fondo, una forma genuina de querer vivir.
La última entrada del documento tiene fecha del 5 de mayo de 2024 y habla de «hambre de amor»: un vacío insaciable, miedo al compromiso junto a una entrega desmedida por migajas de afecto, y una comparación dolorosa con un juguete olvidado en una repisa acumulando polvo. El archivo termina ahí; sin moralejas, sin promesas ni conclusiones perfectas.
Durante mucho tiempo creí que debía forzar un final esperanzador, pero en mayo de 2024 nada de eso estaba garantizado y no quiero robarle la verdad a esa versión de mí: estaba exhausto, herido y dejó de escribir. Sin embargo, hoy existe algo que el documento no contiene: yo leyéndolo a mis veinticuatro años. La última nota no fue una despedida; fue la última vez que necesité usar el archivo de esa forma... Cerré el documento y la vida continuó afuera.
Lo que ocurrió después parece absurdamente rápido: diagnóstico, nombre legal, documentos, decisiones y cambios; pero nada empezó de golpe: Demian llevaba años construyéndose. Solo faltaba un salto de fe: confiar, por una vez, en que quizá yo sí sabía quién era... y cuando finalmente lo hice, varias piezas empezaron a encajar casi al mismo tiempo.
Capítulo 7
Veintitrés
Veintitrés
No ocurrió rápido; lo visible ocurrió rápido. Esa es la única manera en la que puedo explicar mis veintitrés años sin que parezcan una secuencia absurda de decisiones impulsivas: un diagnóstico, un cambio legal de identidad, trámites, decisiones y nuevas formas de tratarme... Casi parecía una nueva temporada iniciada tras un fin de semana productivo, pero llevaba años gestándose en silencio.
Eran preguntas repetidas desde la niñez: ¿por qué ciertas cosas me cuestan tanto?, ¿por qué determinados entornos o sonidos me sobrecargan?, ¿por qué actuar como una persona normal se siente como una actuación ensayada?, ¿por qué construyo máscaras para cada persona?... Durante muchísimo tiempo la respuesta automática fue culparme: soy débil, flojo, raro, dramático, antisocial o insuficiente; el problema siempre era yo.
A los veintitrés recibí mi diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista y mi cerebro hizo explosión: fue como volcar una caja enorme de archivos sobre la mesa para revisar toda mi infancia, la escuela, la ansiedad, el aislamiento y las sobrecargas bajo una luz completamente nueva. El diagnóstico no lo explicó todo ni borró diez años de depresión y trauma, pero por primera vez mis vivencias dejaron de ser defectos morales. Cambió la pregunta: pasé de acusarme («¿por qué no aguanto como los demás?») a investigar («¿qué me sucede cuando intento soportarlo?»).
Empecé a validar mis necesidades en lugar de castigarlas: entender qué me sobrecarga, qué me regula, qué sensaciones busco y cuándo el aislamiento es descanso o síntoma; descubrir que no tenía que forzarme a encajar cuando podía adaptar una pequeña parte del entorno para acomodarme yo... Gracias por el tutorial desbloqueado veintitrés niveles tarde. Por primera vez, conocerme no era buscar pruebas de un crimen, sino explorar con curiosidad.
Casi al mismo tiempo cambié legalmente mi identidad de género. No empezó en un registro civil: empezó a los quince con «Hola, soy Demian» y continuó a través de años de postergarlo esperando un momento sin miedo que nunca llegaría. Di el salto sin garantías absolutas, confiando mínimamente en mí; despedí a varios miembros del consejo imaginario que administraba mi vida según la aprobación ajena. Los nuevos documentos no me hicieron hombre —eso ya lo era—, pero lograron que el mundo burocrático dejara de contradecirme: era el registro oficial poniéndose al día con mi realidad.
Esa decisión abrió una compuerta que llevaba años acumulando agua y descubrí que podía moverme sin que el mundo colapsara. Cambió también mi relación con el paso del tiempo: dejé de ver las edades como cuentas regresivas amenazantes y empecé a preguntarme qué podía construir en ellas, adoptando una frase clave: el tiempo seguirá pasando... pasará aunque tenga miedo o no tenga todo resuelto; no necesito terminarme antes de que pase.
Me di permiso para buscar pequeñas alegrías cotidianas sin tener que justificar su utilidad o productividad: comprar algo bonito, cuidar mis espacios o disfrutar texturas cómodas. Entendí también que ser adulto no significaba convertirme en las figuras que fallaron en mi infancia, sino en el adulto compasivo que yo mismo necesité tener a mi lado: alguien que me cuide sin la dureza con la que aprendí a tratarme.
A los veintitrés dejé de concentrarme únicamente en cómo escapar del sufrimiento para empezar a preguntarme cómo quiero sentirme. Pasar de la huida a imaginar un destino propio fue inmenso: una vida que, por estar incompleta, ya no significa condenada, sino en pleno proceso de construcción.
Capítulo 8
Las cosas pequeñas que empezaron a parecer vida
Las cosas pequeñas que empezaron a parecer vida
Durante muchos años tuve objetivos elementales: no hacerme daño hoy, comer algo, salir de la habitación, contestar un mensaje, llegar hasta mañana... Cuando tu energía se concentra en no hundirte, no te fijas en la decoración del barco: primero necesitas que no zozobre. Por eso, al empezar a estar mejor, la pregunta desconcertante fue: ¿y ahora qué?
Actualmente tengo veinticuatro años y ya no quiero morir. Es una frase simple para algo que parecía imposible; no significa que no haya días pesados o momentos de cansancio, pero la vida dejó de sentirse como una trampa de la que escapar. Ya no me autolesiono, no fumo y no bebo; no porque cambiara mágicamente, sino porque aprendí a atender las necesidades subyacentes sin recurrir a herramientas destructivas que cobraban intereses.
Dejé de contar los días limpio: la ausencia de daño dejó de ser una pausa frágil para convertirse en mi cotidianidad; ya no pienso «llevo tanto tiempo sin hacerlo», sino «yo ya no hago eso». Dejar el tabaco y el alcohol siguió el mismo camino: no hubo despedidas poéticas frente a atardeceres, simplemente dejaron de ser necesarios para tolerar mi existencia... Aprender a habitarme sin apagarme ha sido difícil, pero inmensamente útil.
Volví a terapia y mantengo mi seguimiento psiquiátrico; y algo que parece minúsculo para otros pero es gigante para mí: administro mi propia medicación. Las pastillas tenían una carga oscura ligada a recuerdos traumáticos y urgencias médicas; hoy confío en mí para tomarlas como lo que son: una herramienta de salud y cuidado personal. La mejor medida de mi progreso es esa confianza ganada.
Aprendí también que cuidarme no es vigilarme con paranoia buscando alarmas, sino preguntarme con amabilidad si estoy cómodo, si necesito descansar o si tengo hambre. El diagnóstico de TEA me dio permiso para respetar mis ritmos, evitar batallas sensoriales innecesarias y darme cuenta de que algunas cosas simplemente no me gustan... y está bien.
Estoy aprendiendo a hacerme feliz deliberadamente —con compras pequeñas, espacios cómodos o descansos reales— y a no usar el cariño ajeno como único comprobante de mi derecho a existir. Pasé de preguntarme «¿qué tengo que hacer para que no te vayas?» a cuestionarme «¿quiero que esta persona se quede?». Aprendí que perder a alguien no destruye mi valor y que estar solo no es estar abandonado.
Tampoco le debo una vida extraordinaria ni heroica a nadie por haber sobrevivido: tengo derecho a una vida común, con días aburridos, descansos y rutinas simples. Mi edad alcanzó y superó a los veintitrés intentos; el contador del dolor se quedó quieto y el mío sigue avanzando. La recuperación no fue un gran evento milagroso, sino una acumulación de decisiones cotidianas que dejaron de ser métodos para evitar la muerte y empezaron a ser actos genuinos de estar vivo: ser feliz para mí.
Capítulo 9
El tiempo seguirá pasando
El tiempo seguirá pasando
Durante mucho tiempo los cumpleaños fueron comprobaciones de supervivencia frente a un futuro que no creía alcanzar; a los trece todo se congeló en el dolor y a los quince comencé a registrarlo en notas. Mirando atrás, ya no necesito elegir entre el adolescente que sufría y el que hacía chistes o cantaba: todos existieron y convivieron en mí, incluso cuando me peleaba con una máquina expendedora por un juguito.
Hay años enteros que apenas quedaron registrados por el agotamiento, pero no necesito una autobiografía perfecta para saber que sigo aquí. Llegué a los veinte deseando morir con menos frecuencia, y con eso bastó para empezar; el número de intentos se detuvo en veintitrés y dejó de ser una sombra que me persigue.
Descubrí que la recuperación no es una versión mítica e impecable de mí mismo sin ansiedad ni dudas; no necesito un propósito cósmico o glorioso —como diría Loki— que justifique mi permanencia en el planeta: puedo tener metas pequeñas, días ordinarios y martes tranquilos sin lecciones trascendentales en cada desayuno.
«El tiempo seguirá pasando» significa exactamente eso: pasará mientras duermo, trabajo, descanso o aprendo; no necesito controlarlo ni ganarle, ni llegué tarde a mi propia vida: llegué cuando pude.
Mi relación con el pasado se transformó: no necesito perdonar todo mágicamente en ceremonias espirituales ni vivir atado al rencor hacia los adultos que no supieron intervenir; puedo ser hoy el adulto que me cuida con paciencia, sin vergüenza ni castigo. Estar de mi lado significa tomar mi medicación, poner límites, respetar mi autismo y disfrutar de cosas sencillas sin tener que justificarlas como actos de supervivencia.
El archivo de cincuenta páginas se cerró en mayo de 2024 sin despedidas ceremoniales, pero la vida siguió caminando fuera de él. Cambié la frase amarga de su portada por otra más luminosa de Katzenbach: «Cada palabra que trazo es una prueba irrefutable de que sigo aquí, de que existo más allá de las sombras que me rodean.»
El documento demostró que, sin importar la oscuridad, siempre hubo alguien que regresó a escribir la siguiente página. El tiempo seguirá pasando... y yo también.
Si llegaste hasta aquí, gracias por acompañarme durante tantas páginas.
No tienes que contarme nada que no quieras, pero me gustaría dejarte una pregunta:
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